
Luego de 48 horas sin dormir el sueño me ganaba la partida, pero finalmente mis largas horas de espera en el aeropuerto de Lima estaban por terminar. Lo más rápido posible busqué mi asiento, puse mi mochila en el compartimento, me abroché el cinturón y convertí mi asiento en mi cama.
Dormida a ratos, medio despierta a ratos transcurrió el viaje sin mas interrupción que la comida y las turbulencias, en este viaje noche-madrugada todos los pasajeros lo único que queríamos era dormir.
Al borde de que transcurrieran las 5 horas de vuelo vi hacía la ventana y unos pequeños destellos de luz se observaban; por un momento pensé que eran estrellas hasta que me percaté que el destello no provenía del cielo, sino de la tierra.
Los pequeños grupitos de luces que aparecían y desaparecían alimentaban mi imaginación y la ilusión óptica de que la tierra era un cielo estrellado que se extendía a lo lejos.
No habían pasado ni 15 minutos cuando un gran cantidad de luces se mostraron frente a mis ojos. Sin afán de exagerar nunca había visto una extensión tan grande de luces, veía al horizonte y las luces continuaban y continuaban. No había una sola montaña que se interpusiera entre las luces y yo. Realmente parecía un cielo, un cielo cuyos luceros se reflejaban en las aguas del Rio de la Plata. Era todo tan llanito, un paisaje muy distinto a los que anteriormente había observado.
El avión comenzó a descender “al cielo” y las indicaciones del aterrizaje se escucharon por los altavoces del avión. El aterrizaje fue rápido y sin problemas, tomé mi mochila y un frío helado me recibió al salir del avión.
El 10 de octubre del 2009 a las 5:34 am pisé por primera vez Montevideo. Como dice una canción: Uruguay “ha sido un largo viaje pero al fin llegué”.